El secreto
Yo no les voy a contar una historia de amor o golosinas. Narrativa ya extinta en nuestros días de realismo. No vengo a plantearles una escritura vasta de palabras confusas y de textos aburridos. Me limitaré sólo a explicarles una singular historia de la cual, su servidora, fue testigo.
Hace dos años cuando paso, justamente en el lugar en el cual ahora estoy sentada: “el sillón de la casa de…” bueno, dentro de una casita no muy lejos del centro.
Era aquel un viernes perfecto, un día sensacional para todos y todas, un espacio u obsequio de la vida donde dejas atrás los problemas escolares, olvidas por completo tus tareas, tus maestros y te abandonas a la diversión.
Teníamos lo necesario: cervezas, cigarros, una buena charla en fin, un verdadero festín de emociones.
La fiesta se fue desarrollando como todas las buenas fiestas de la prepa en la que yo asistía -a veces-. Música de lo mejor, chavos y chavas bailando, platicando, jugando, etcétera. En un instante fugaz noté que se me había terminado la cerveza que tomaba hasta ese momento. Me acerqué a la mesa para cambiar la botella que, ya vacía, debía de estar dentro de su caja, pero algo me detuvo. Un murmullo que luego alcance a comprender, una charla apenas audible:
– Estas equivocada, yo seré la primera en hacerlo.
– Ni lo sueñes yo me acostaré primero con él “reinita”. –A lo que otra chica respondió:
– Por supuesto que no.
Claudia, Alma y Aidé discutían y apostaban por ser la primera en tener un rato de divertidísimo placer con alguien que, lamentablemente, no pude escuchar su nombre.
Siguieron discutiendo sin advertir que alguien las espiaba…
– Estoy segura de que tú no le gustas. –Dijo Claudia con voz chillona y vanidosa.
– Te equivocas, –Contestó Aidé rápida y efusivamente–, a mí nadie me dice que no. Además, estoy más que segura que aquí, la única “loser” eres tú, bulímica…
Por la manera de hablar, se sabía que el alcohol ya había tomado por asalto los sentidos de dos, Claudia y Aidé, pues Almita sólo escuchaba cuanta tontería decían sus hermosas amigas.
– Ya estoy harta, se rompe la tregua. Veremos entonces quien gana. –Cuando oí esto, me escondí para que no me vieran.
– Te ganaré zorra. –Al tiempo de decirlo, Claudia, una linda chica de ojos verdes, salió enfurecida del baño donde discutían.
Di por terminado el asunto; aunque sólo fue por poco tiempo, pues comencé a llenarme de curiosidad y sé que usted distinguido lector haría lo mismo. Así que me negué a desistir.
Oculta ya en la sala en donde se llevaría a cabo la empresa maestra, mi corazón latía fuertemente. Estaba emocionada y descontrolada por mi lujuria y morbo que no es, sino algo natural a mi edad.
De pronto entro un chavo guapísimo con una fulana a la que no pude descubrir en ese momento. Ella al verlo, lanzó una mirada excepcionalmente excitante llena de deseo, sus manos dejaban una huella de fuego en su cuerpo bien ejercitado, a la vez que recorría su cuello con sus labios. Era él y ella solos en la sala. Ella y él y su ardiente amor… sin contarme a mí claro.
Él abrió dulcemente sus piernas de la niña; comenzó a besar tiernamente su clítoris como si éste fuera el más grande tesoro que él pudiera tener. Acariciando las pantorrillas quería hacerle sentir un especial cosquilleo, besando cada centímetro de una piel suave y delicada, atributos claramente visibles.
Sabiendo como pasar de lo delicado a lo lleno de emociones fuertes, comenzó la etapa de un bello desplante. Eso es sin duda lo hermoso del amor. Puedes combinar tantos sentimientos y los haces compartibles, puedes mezclar la ira con la ternura, la sensualidad con un toque de dulzura.
El embestía con fuerza y ella era simplemente un matiz de placeres y sensaciones. Cada célula de su cuerpo se encendía como una luz y terminaba en un fuego que fundía sus seres completos. De ella brotaba un canto querúbico de placer, que para mí es sin duda el sonido más puro y hermoso que he escuchado. Cada vez más y más gritaba de goce hasta que el fuego terminó por convertir en cenizas todo y dejar un ambiente de tranquilidad. Ya relajados ambos, por su mente pasaban cosas vívidas y agradables, pero ella se levantó rápidamente sin decir nada; sólo quitó el seguro, abrió la puerta y se fue.
Cuando por fin se encontraron las tres amigas, las dos que habían apostado se decían ganadoras. Daban referencias necias y tontas gastando un buen rato en ello.
Discutiendo quien había triunfado en un acto sonoro se maldijeron. Las dos niñas furiosas se dieron la espalda y se fueron cada una por un lugar distinto, mientras Alma las escuchaba y sonreía al tiempo que seguía con un pensamiento vivaz y agradable.